Muchas veces hemos oído comentarios como: «Pues a mí me gusta más esto; para gustos, los colores». También es común que, al diseñar un espacio concreto, alguien nos diga: «Yo esto lo quiero así porque en mi otra casa lo tenía de esta manera y ya estoy acostumbrado», prefiriendo una solución mal diseñada por el simple peso del hábito. O el clásico comentario al ver un cuadro de Picasso o Mondrian: «¡Pero si mi hijo pequeño dibuja mejor que ese!».
Desgraciadamente, muchas personas son incapaces de apreciar las sensaciones que genera pasear en silencio por el claustro de un convento, observar la luz que se diluye a través de una superficie que la filtra, contemplar una puesta de sol en la soledad del campo o disfrutar de una escultura de Bernini. O simplemente, vivir sabiendo que existe un Dios que nos ayuda a llevar las cargas de la vida.
Mi reflexión sobre el porqué sentimos, nos emocionamos, nos interesamos o valoramos las cosas está íntimamente relacionada con el conocimiento.
El caso de Picasso y la ruptura de las reglas:
No podemos valorar a Picasso, por ejemplo, sin saber que revolucionó por completo la historia del arte occidental al destruir la perspectiva tridimensional tradicional que imperaba desde el Renacimiento. Su obra provocó una evolución en el pensamiento humano al inventar un nuevo lenguaje visual que, además, inspiró a otras disciplinas como la arquitectura y la escultura.
Si contemplamos Las señoritas de Avignon (pintado entre junio de 1906 y julio de 1907) sin contexto, podríamos caer en cualquiera de los comentarios superficiales mencionados arriba. Por el contrario, todo cambia si sabemos que es una obra cumbre del cubismo, donde Picasso descompuso las figuras en planos geométricos y las mostró desde múltiples ángulos a la vez, introduciendo los conceptos de espacio y tiempo en un lienzo plano.
También transforma nuestra visión saber que, antes de romper las reglas de la pintura, Picasso demostró que las dominaba a la perfección. A los catorce años ya pintaba con la destreza de un maestro académico clásico —como se aprecia en su obra Ciencia y caridad—. A lo largo de su vida, transitó con absoluta maestría por disciplinas tan diversas como la pintura, el dibujo, la escultura (siendo pionero en el uso de materiales reciclados), la cerámica y el grabado. Es solo a través de este conocimiento cuando realmente empezamos a valorar la magnitud de su legado.
El peso de la cultura en nuestra percepción
Es cierto que existen ciertos elementos arquitectónicos cuyos valores son reconocidos de forma casi universal. Condiciones como la simetría nos producen orden y relajación; las estructuras de gran envergadura o los grandes vuelos nos generan admiración al desafiar las leyes de la gravedad; y materiales como la madera transmiten calidez, mientras que el acero inoxidable y el cristal aportan modernidad y ligereza.
¿Por qué estas características agradan a casi todos en nuestra sociedad? La respuesta es, sin duda, la cultura. Lo que vemos, lo que oímos y lo que conocemos moldea nuestro criterio. A muy poca gente de cultura occidental le gustaría tener una casa con un patio lleno de óxido, moho y materiales degradados por el tiempo. Esto se debe a que nuestros ideales de belleza están estandarizados por lo que percibimos diariamente en revistas, televisión y en nuestro entorno.
Sin embargo, resulta fascinante cómo este canon es totalmente opuesto al valor que otorga la cultura oriental a través del concepto del wabi-sabi. Esta filosofía y estética japonesa encuentra la belleza y la armonía precisamente en lo imperfecto, lo incompleto y lo efímero. Lo que para nosotros es deterioro, para ellos es poesía.
Un llamamiento a la sensibilidad
Por todo esto, hago un llamamiento a la búsqueda activa de la cultura, del conocimiento y de las artes. Estoy convencido de que son las únicas herramientas capaces de hacernos crecer como personas y de permitirnos disfrutar de la vida en su máxima expresión.

